María Teresa I de Austria, la última Habsburgo

Maria Teresa I de Austria

El 13 de mayo de 1717 venía al mundo en Viena la primera y única mujer que gobernaría sobre los dominios de los Habsburgo y la que a la postre sería la última jefa de esta casa real (tras su matrimonio tomaría el nombre de Habsburgo-Lorena). María Teresa I de Austria era hija de Carlos VI, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y de Isabel Cristina de Brunswick-Wolfenbuttel.

Sería precisamente a la muerte de su padre en 1740, con solo 23 años, cuando María Teresa se convertiría en Reina de Hungría, Archiduquesa de Austria y Duquesa de Milan. Tomó como esposo a Francisco Esteban de Lorena, futuro Francisco I del Sacro Imperio Romano Germánico, con el que tuvo la friolera de 16 hijos, entre ellos la reina María Antonieta de Austria y María Carolina de Austria, o los emperadores José II y Leopoldo II.

El reinado de María Teresa se caracterizó por su fuerte carácter y el despotismo ilustrado. Se mantuvo en el trono durante cuarenta años, en los que siempre mantuvo una enorme valentía y capacidad política (cuenta la historia que su marido era un completo inepto a la hora de gobernar y reinar). Impuso varias reformas en el terreno administrativo, entre ellas el reclutamiento forzoso, organizó el ejército y persiguió duramente a judíos y protestantes.

Durante su reinado tuvo que lidiar con la Guerra de Sucesión Austriaca (algunos monarcas europeos no estaban por la labor de aceptarla como reina entre los Habsburgo) y la Guerra de los Siete Años, en la que pretendió recuperar el territorio de Silesia.

A pesar de que Francisco I no era un dechado de virtudes, a la muerte de este el 18 de agosto de 1765 María Teresa cayó en una profunda depresión. Tanto es así que su hijo mayor, José II, tuvo que hacerse cargo del Sacro Imperio Romano-Germano ante el estado de su madre. Todo el esplendor de antaño se vio sumido en un aura de tristeza y melancolía que ha pasado a la historia como uno de los momentos más nostálgicos de la monarquía europea.

La reina se hacía ver siempre vestida de negro, y durante sus últimos años de vida se mantuvo casi siempre en un segundo plano, aunque por una serie de problemas con su hijo no llegó a abdicar del todo. Sin embargo, el 24 de noviembre de 1780 las complicaciones de una viruela mal curada le produjeron la muerte.

Sus restos descansan hoy junto a los de su marido Francisco I en la Cripta Imperial de Viena, en un sarcófago doble como símbolo de amor eterno.

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Categorias: Historia de Austria


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